Turquesa, piedra celeste

La turquesa recibe su nombre de la procedencia de esta piedra semipreciosa, pero no por sus yacimientos, sino por su comercio, ya que llegaba a Europa a través  del Imperio Turco. Posteriormente, se hallaron minas de turquesa en España.

Yacimientos de turquesa existían en la antigüedad en China, la península del Sinaí, Persia y en Afganistán. La diversidad de las minas permitía un abastecimiento relativamente  próximo a las culturas asiáticas.

 Así, las minas de China surtían de turquesas al Imperio Medio. Los usos que se les daban eran muy similares a los del jade, sobre todo en el esculpido de pequeñas estatuillas.

De Afganistán salían las turquesas hacia Bactriana y el subcontinente indio desde tiempos remotos.  Los orfebres de las actuales India y Pakistán realizaban con ellas hermosas joyas, de las que se han conservado algunas.

Pendiente greco-bactriano

Pendiente greco-bactriano

Amuleto hindú

Amuleto hindú

 

 

 

 

 

 

 

Pendiente pakistaní del siglo I

Pendiente pakistaní siglo I

Pendientes de oro y turquesa pakistaníes

Pendientes de oro y turquesa pakistaníes

 

 

 

 

 

 

 

 

Los mineros afganos, que ya comerciaban desde antiguo con el lapislázuli, enviaban la turquesa junto a esta otra piedra semipreciosa hasta la misma cima del mundo, el Himalaya. Allí los orfebres la troceaban hasta formar teselas y con ellas adornar teteras y otras vasijas, o inundar de color las estatuillas sagradas.

Tetera nepalí de turquesa y coral

Tetera nepalí de turquesa y coral

Tetera tibetana de turquesa y coral

Tibet sahasrabhuja avalokitesvara siglo XVII

 

 

 

 

 

 

 

 

De igual modo, las turquesas adornaban preciosos adornos femeninos, como collares, pendientes o brazaletes.

 

Brazalete tibetano de coral y turquesa

Brazalete tibetano de coral y turquesa

Brazalete tibetano

 

Collar tibetano de turquesas con colgante

Pendientes tibetano de turquesas y plata

 

 

 

 

 

 

 

 

De los yacimientos persas se surtía este mismo imperio, dejando tras de sí uno de los objetos más hermosos realizados con turquesa: un vaso con base de turquesa y borde superior de oro y piedras preciosas y semipreciosas.

Vaso persa de turquesa con borde de oro

Desde el Sinaí salían las turquesas para Egipto. De hecho, esta península era llamada por los egipcios “el país de las turquesas”. Los egipcios tallaron las turquesas para reproducir escarabajos sagrados, y las cortaron hasta formar  bellísimos pectorales, dignos de un faraón.

Escarabajos egipcios

Pectoral egipcio de turquesa

También supieron  combinar las turquesas con lapislázuli, creando maravillosas joyas:

Pulsera y brazalete egipcio

Collar egipcio con cuentas de turquesa

Entre los antiguos egipcios, el lapislázuli simbolizaba el cielo nocturno, cuajado de estrellas. La turquesa era a su vez el símbolo del cielo diurno, morada del Sol. De ahí que Ra, el dios que representaba el Sol a mediodía, se esculpiera en turquesa.

Pectoral egipcio con dos Horus de turquesa

En América se explotó un yacimiento en Nuevo México, que las tribus indígenas, como los mogollón y anasazi, explotaron con sus herramientas de la edad de piedra desde el siglo IV d.C.

Cultura mogollón: concha cubierta de turquesa y coral

Estas culturas ya desaparecidas y sus descendientes trabajaron las turquesas sin apenas industrias, y con herramientas sencillas. Pero crearon  vías comerciales que llegaban hasta Mesoamérica, donde existían grandes ciudades. Allí culturas como los aztecas, chichimecas, etc. usaron las turquesas para producir teselas, con las que formaron curiosos mosaicos o cubrieron calaveras humanas como ofrenda a sus dioses.

Serpiente bicéfala aztecaMáscara azteca

 

Máscara azteca de turquesa

 

 

 

 

 

 

 

 

Y cómo no, con turquesas compusieron hermosas orejeras, cuentas para collares y pectorales, todo ello para adorno masculino.

Collar azteca de oro y turquesa

Orejera azteca con teselas de turquesa

 

 

 

 

 

 

 

 

Pectoral azteca de turquesa verde, coral y oro

Desde Nuevo México o quizá desde el norte de Chile hubo una nueva ruta comercial de la turquesa americana, llegando hasta los confines de las antiguas culturas del antiguo Perú, como los incas o los mochicas. Algunas veces con turquesas se crearon joyas fantásticas, con cierto parecido con las egipcias.

Pero será en esta zona donde el trabajo de la joyería del oro se desarrolle más. Las turquesas servirán ante todo para incrustar en el oro, como un adorno. Así se crearon orejeras, narigueras, cuchillos, collares o máscaras ceremoniales.

Nariguera de oro y turquesa de cultura moche

 

 

 

 

 

Collar inca de oro y turquesa

Collar con colgantes de oro y turquesa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La orfebrería también estuvo bastante desarrollada, en la que las turquesas se usaron como adorno habitual: en vasos y otros recipientes.

Vasija zoomorfa inca de oro con turquesa

Vaso de oro y turquesa de cultura chimú

 

 

 

 

 

 

 

 

La llegada del Renacimiento a Europa trajo consigo la entrada de la turquesa en la joyería, con creaciones muy bellas.

Diadema de turquesa perteneciente a la reina de Francia María LuisaBrazalete de oro y turquesa (siglo XIX)

 

 

 

 

 

A finales del siglo XIX los indios navajos, descendientes de los antiguos anasazis, fueron capaces de dominar la técnica de la platería, añadiéndola a la tradicional turquesa. Así nació ese estilo de joyería tan especial y apreciado en los EEUU.

Mujer navajo con su atuendo tradicional

Joyería navajo de plata y turquesa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En la actualidad, la turquesa se mantiene en el mundo de la joyería, sola o combinada con plata.

Brazalete de turquesa

Pendientes de plata y turquesa

 

 

 

 

 

 

 

Aunque también ha sido capaz de entrar en sectores como la decoración o la moda.

Lámpara de turquesa

Bolso de fiesta con turquesas

 

 

 

 

 

 

 

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Collar de turquesa heishi de inspiración azteca

El lapislázuli, símbolo de grandeza

El lapislázuli o piedra azul es una piedra semipreciosa compuesta por más de 14 minerales distintos, entre los que destaca la azurita, que le proporciona su característico color azul.

El principal yacimiento de lapislázuli se encuentra en Afganistán, cuya mina se explota ininterrumpidamente hace más de seis mil años. Durante siglos, hasta los hallazgos de minas en América, fue la única fuente de aprovisionamiento. Desde Afganistán, el lapislázuli salía rumbo a Babilonia, Persia, Sumeria, Egipto, Grecia, La India o China, dando origen a las primeras rutas comerciales del mundo.

Al no tener competencia, el lapislázuli de Afganistán ha sido (y es) la piedra semipreciosa más cara. Su uso era símbolo inequívoco de pertenencia a la realeza o a la aristocracia.

De Sumeria se conserva uno de los trabajos más hermosos hecho de lapislázuli, el llamado Estandarte de Ur, hallado en una tumba perteneciente a los siglos XXVII al XXV a.C.  Realizado con técnicas de taracea en cornalina y lapislázuli, representa diversas escenas de la vida cotidiana y de la guerra.

En Mesopotamia el lapislázuli se llegó a utilizar como tablilla para inscripciones arcaicas en escritura cuneiforme, como éste dedicado a la diosa del aire Ninlil:

También formaba parte de las estatuillas divinas, como ésta del toro Gugalanna:

En la antigua Persia, una de las culturas más ricas de la antigüedad, se llegaron a tallar estatuillas enteras de esta piedra semipreciosa, como ésta de la que sólo se conserva la cabeza:

 

Algunas de las estatuillas persas conservadas demuestran la calidad del trabajo de los orfebres, incrustando el lapislázuli con el oro.

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero fue en Egipto donde el trabajo del lapislázuli alcanzó su zénit. Por su característico color azul, se asociaba con el cielo y lo sagrado. Pero los egipcios dieron un paso más, haciendo de él la materia de la que estaban hechos los cabellos de los dioses (como la carne era de oro o los huesos de plata). De ahí que de lapislázuli se tallaran los escarabajos sagrados o los cabellos de las diosas Isis y Neftis, tal y como aparecen en estos pectorales pertenecientes a faraones:

Entre los egipcios, el lapislázuli también estuvo ligado a  la eternidad, por lo que era usado en el arte funerario, como las máscaras funerarias de la realeza.

 

Del lapislázuli se aprovechaba todo en Egipto. Los restos de la talla se convertían en polvo, usado como resistente pigmento, que podía usarse para teñir ushebtis o estatuillas funerarias de arcilla.

También este polvo podía ser utilizado como cosmético de ojos, que las damas más poderosas podían guardar en frascos de la misma piedra semipreciosa.

En la India, más próxima al yacimiento extractor, el lapislázuli resultó una materia idónea para esculpir las estatuas sagradas de los dioses oscuros, como Visnú o Krishna, a los que se representan siempre de color azul.

En la India el comercio de las piedras semipreciosas es muy antiguo, por lo que ha existido desde hace siglos abundancia de ellas. Gracias a este comercio, se pudieron construir muebles o incluso edificios con piedras semipreciosas incrustadas, como el Taj Mahal, entre las que se encuentra el lapislázuli.

En China, el lapislázuli fue conocido desde antiguo, aunque se dejó en un lugar secundario, por detrás del bienamado jade. En este imperio se dedicó más bien a las esculturas divinas, como ésta de Kwan Yin, diosa de la misericordia.

También se incorporó a la escultura en general, dando lugar a composiciones de temáticas similares a las del jade. Más abajo, un conjunto de pájaros y flores chino.

En el occidente de Europa, el lapislázuli se conocía desde los griegos como antídoto contra las fiebres y la melancolía, pero se pierde el comercio hasta la llegada del Renacimiento. Entonces lo usaron los grandes maestros (Leonardo, Fra Angélico, Durero) como pigmento azul en algunas de sus pinturas. En este tiempo alcanzó tan alto precio, que se le denominaba “oro azul”, pues su precio estaba a la par de este noble metal.

La llegada del oro americano y la reapertura de la ruta de la seda permitió adquirir piezas grandes de lapislázuli, que fueron muy valoradas en las cortes reales de Europa, como esta copa de Luis XIV o el vaso de un zar ruso.

La introducción del lapislázuli en la joyería es muy antiguo, siendo Egipto la cuna de este arte, como demuestra este brazalete en forma de esfinge, este complejo pendiente o el magnífico collar real de oro y lapislázuli.

En la actualidad, la talla y comercio de esta piedra semipreciosa se mantiene en oriente. De la antigua mina de Afganistán continúa extrayéndose el lapislázuli. Las aplicaciones prácticas son una continuidad de las de antaño. En primer lugar, en el sector de la construcción, para el remate de auténticos palacios, en forma de baldosas suntuosas o lavabos de cuartos de baño principescos.

 

 

 

 

 

 

 

También se encuentra en la decoración de lujo, en grandes bolas o huevos de lapislázuli, o tallado bajo múltiples formas.

 

 

Continúa aún como material noble en la joyería étnica, como estos ejemplos tibetanos

 

O de la joyería occidental, como estos pendientes de plata y lapislázuli:

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El jade, piedra amada

El jade ha sido la piedra semipreciosa más valorada durante miles de años, más incluso que el oro. Se presenta en varios tonos de verde, amarillo, blanco o rojo. Su dureza es medio-alta: se encuentra entre el 6 y el 7 de la escala de Mohs, que llega hasta el nivel 10 del diamante. Por ello se ha llegado a usar en el neolítico para el tallado de hachas, como ésta hallada en Colomiers (Francia)

 

Los yacimientos de Guatemala (Valle del Motagua) y de Extremo Oriente (China, Birmania, Tibet) han convertido estas zonas en productoras de objetos artísticos elaborados con jade.  En Mesoamérica el jade se consideraba la piedra de la creación divina, símbolo de la vida, la fertilidad y el poder.

El siguiente tubo rectangular procede del neolítico tardío (ca. 3300-2000 aC)  y pesa casi seis kilos.

En China el jade  se talla desde hace siete mil años. Una de las más antiguas tallas conservadas es esta fina tablilla de jade kui  con figura de águila, en la que posteriormente se grabó un poema.

En la antigua China se creía que el jade era el esperma seco del mítico dragón.

Esta segunda tablilla de jade rojo procede del neolítico tardío (ca. 3300-2000 aC). La base y el poema esculpido en ella proceden del siglo XVIII.

Elegante y bella copa de una sola asa en jade blanco, esculpida con temas de nubes y pétalos de flores. Copas como ésta eran propias de la aristocracia en la época Han occidental (206 aC-9 dC).

La evolución de la talla de jade se ha mantenido durante siglos. Es más, los objetos de jade han sido tan amados en China que se les siguió añadiendo adornos, en un intento de conseguir un conjunto  más lujoso.  Es el caso del gui de más abajo, de Jade estriado y con asas de cabeza de animal, creado en la dinastía Ming (siglos XIV al XVII) y usado como incensario o contenedor de comida. En la dinastía Qing se le añadió una cubierta de madera de palo de rosa culminada por una pieza de jade.

El arte del tallado de jade se ha ido evolucionando con el tiempo. En la actualidad, en China siguen existiendo talleres de esculpido de jade, con maestros que crean bellísimos conjuntos, entre los que destacan las escenas costumbristas y los paisajes. Sus obras alcanzan precios muy elevados.

Otra de las tallas actuales más habituales en China son las de animales de todo tipo, como este caballo salvaje sobre peana de madera de olmo.

Sin olvidar la escultura sagrada de los dioses del panteón chino, como Bu-Dai, dios de la abundancia y la felicidad.

El pulido del jade es otro de los oficios tradicionales que aún se conservan en China, como estas copas de jade translúcido.

Otro de los usos más extendido del jade es la joyería. Los chinos actuales consideran que el jade, quizá por su propiedad de adaptarse a la temperatura del cuerpo humano, posee la cualidad de conservar los sentimientos de la persona en cuyo contacto se encuentra. Por este motivo, cuando alguien parte a un lugar lejano, el resto de los miembros de la familia le entregan sus joyas de jade, para que siempre les recuerde. Más abajo, brazalete y collares de jade.

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